—Si pudieras describir con una sola virtud cómo has sido a lo largo de tu vida, ¿Cuál sería?—
Y no supe qué responder a Tere Moreno, mi psicóloga.
La verdad es que soy muy buena quejándome de todo lo que no se me da, y soy excelente en enumerar mis defectos, pero en ese momento no supe qué responder.
En microsegundos, y como efecto de cine de arte, vi pasar toda mi vida frente a mí, buscando resumir mi desempeño en esta experiencia terrenal en una sola palabra, pero no pude, me trabé.
Pero ella en su inmensa sabiduría me dijo con todo el cariño del mundo:
Me llevé sus palabras en mi mente en ese momento; y es que nunca, era impensable que yo me calificara como "valiente", pero llegando a casa, di otros mil paseos por mi vida, en sus recuerdos y; en el silencio de mi departamento, las palabras de Tere pasaron de mi mente a mi corazón. Una risa rompió no solo el silencio, sino con el molde de inseguridades que se generó por años de sentirme menos, de sentirme incapaz, de no reconocer el valor que hay en mí.
Hoy, en mi cumpleaños, mi corazón se inspiró a escribir:
V A L I E N T E
He sido valiente más veces de las que supe nombrar.
Valiente cuando era niña y aprendí demasiado pronto que el mundo no siempre es un lugar seguro para quienes sienten profundo, para quienes nacen distintos, para quienes no encajan en moldes estrechos. Valiente cuando el silencio fue refugio y la soledad se volvió una maestra dura, pero constante.
He sido valiente al seguir siendo yo, incluso cuando eso significó violencia, rechazo o incomprensión. Cuando ser auténtica parecía un acto de rebeldía. Cuando existir con verdad tenía un costo emocional que nadie te advierte, pero que igual se paga.
He sido valiente al irme.
Al dejar atrás lugares, personas, versiones de mí misma que ya no podían sostener mi alma. El exilio —externo e interno— no fue una huida, fue un acto de supervivencia. A veces irse es la forma más profunda de quedarse fiel a una misma.
Durante años caminé con la sensación de no pertenecer del todo. Y aun así, seguí. Con miedo, con dudas, con heridas abiertas… pero seguí. Aprendí que la valentía no siempre ruge; muchas veces susurra: un día más, un paso más, no te rindas todavía.
Fui valiente al sanar.
Porque sanar no es olvidar, ni justificar, ni borrar el pasado. Sanar es mirar de frente lo que dolió, sostenerlo con amor y decidir que no definirá el resto de tu historia. Sanar es un acto silencioso, profundo y radical.
Y en ese proceso descubrí algo hermoso: la familia no siempre es la que te toca al nacer, sino la que eliges desde el corazón. Personas que no te piden que te escondas, que celebran tu luz, que te sostienen cuando flaqueas y te recuerdan quién eres cuando lo olvidas. Esa familia elegida es uno de mis mayores regalos.
Hoy puedo decirlo con Paz: Soy Feliz.
No porque mi vida haya sido fácil, sino porque he aprendido a honrar cada parte de mi camino. Porque transformé el dolor en conciencia, la soledad en fortaleza, y las heridas en puentes hacia otros corazones.
Ser valiente no me hizo invencible.
Me hizo real.
Me hizo compasiva.
Me hizo libre.
Hoy celebro eso: no solo los años vividos, sino la mujer que sobrevivió, que sanó, que eligió el amor una y otra vez. Celebro al niño que resistió, al joven que se transformó, y a la mujer que hoy se queda… consigo misma.
Soy valiente.
Y esa valentía, por fin, se siente como hogar.
Con amor para Emmy, Imanol y Mia.
Author's Note
Hoy cumplo años.Y más que celebrar una fecha, quiero honrar el camino que me trajo hasta aquí.Escribo estas palabras no desde la herida, sino desde la sanación. No desde la queja, sino desde la conciencia. Comparto esta historia con la intención de que quien la lea se sienta acompañado, validado, y recuerde que incluso en medio de la soledad, la violencia o el desarraigo… es posible reconstruirse.
Este texto es un acto de amor propio.Y también una ofrenda para quienes han tenido que ser valientes sin que nadie se los reconociera.


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